El amor tiene muchas caras.

13.10.2015 15:56

El amor es como un gato, a veces arisco y a veces grato.

Evgenia Timofeeva

 

Hace años que no estuve en el pueblo de mi abuelo. Pero en aquel momento sentía una tristeza enorme, depresión y mal humor. Decidí reencontrarme con la naturaleza, con la paz de aquel lugar y conmigo misma. También hacía mucho tiempo que no veía a mi abuelo. Exactamente hacía ya casi cinco años que no visitaba Fortuna, así se llama el pueblo. Un pequeño pueblecito de Murcia. A mi abuelo le había visto estas navidades pasadas. Él viene por navidades y se reúne con toda la familia en la casa de mis padres. Pero Fortuna, este pueblecito con encanto, que visité tantas veces de pequeña, ya no visitaba desde que me hice mayor y desde que comencé con la vida rutinaria de trabajo y responsabilidades. En aquel momento estaba a punto de profundizarme en una depresión. Acababa de tener otra ruptura más. Una herida más para la colección de mi corazón. Estaba agotada de trabajar. Cogí dos semanas de vacaciones que me quedaban aquel año, recogí unas cuantas cosas y me marché. Sabía que en el pueblo podría desconectarme, podría llenarme de buena energía y dejar atrás el pasado. El pueblo de mi abuelo es algo enigmático. Lleno de naturaleza. En él cualquiera puede dejar los lastres del pasado y de cualquier amargura. De pequeña yo disfrutaba mucho nuestra estancia allí. Pero más tarde la vida de ciudad y la rutina diaria nos alejaban cada vez más de aquel lugar tan pacífico y hechizante.

Pero en el momento que una vez más me acababan de dar el plantón, yo sentí la necesidad de algo nuevo, emociones nuevas, paz y armonía en mi alma, cosa que no sé ni por qué, pensé que la escapada al pueblo me lo daría. Por tanto, eso fue lo que hice. Tiré al maletero de mi coche una maleta, arranqué y me tiré una hora, desde Alicante hasta Fortuna, conduciendo empapada en lágrimas por lástima por mí misma.

Llegué al pueblo, saludé de manera cálida a mi abuelo. Le quiero mucho. Es un hombre excepcional. Me pareció que él había sentido mi tristeza, pero como siempre tan diplomático, no dijo ni una sola palabra.

Deshice mis maletas y coloqué todas las cosas en su lugar, en el armario de la habitación que siempre ocupo cuando vengo aquí. Es genial, pequeñita y acogedora. En la mesa dejé mi portátil. Y todo parecía ocupar su sitio, todo estaba en orden. Era un atardecer magnífico. Veía el crepúsculo desde la ventana. Abrí el balcón, me senté en el suelo ante aquel balcón, sintiendo la brisa fresca del septiembre y viendo la medialuna que se dibujaba en el cielo azul oscurecido. Ya sentía la paz, pero también mi soledad. He venido aquí para esto. Para sentir mi vacía y triste vida. Para sentir su esencia y su castigo en mí. Me relajé y las lágrimas traicioneras comenzaron a empapar mis ojos. Entonces mi abuelo entró sigilosamente a la habitación. Me olvidé de cerrar la puerta porque iba a bajar después de arreglar un poco las cosas a por una cerveza. No me di ni cuenta como mi abuelo ya estaba sentado en la cama con una cerveza en la mano ante mí. Él es como un ángel que sabe todo lo que te ocurre, un vidente que lo ve y sabe todo. Él es muy intuitivo. Nunca se le puede escapar nada a mi abuelo. Yo intenté secar mis lágrimas con las manos, escondiendo mi cara. Pero a él no hace falta ni ver las lágrimas. De alguna manera, él las ve en tu alma.

Recuerdo que me dijo: “Es por un chico, verdad.” Yo sin decir nada asentí con la cabeza. Y entonces las palabras, que expresaban lo que sentía, comenzaron a escaparse de mí. Ahogándome en lloro le contaba: “Es que me siento muy sola. He buscado el amor por todas partes y en muchas personas, pero no logro de encontrarlo. Parece que me esquiva y pasa por cualquier otro lugar menos por mi vida.”

Mi abuelo suspiró y dijo: “Escúchame niña, mi querida Sheila, te voy a contar una historia. Hace muchos años yo también era joven y también me habían roto el corazón por milésima vez. Y como tú, por supuesto, me sentía solo. Me sentí destrozado. La mujer a la que amaba se había casado con otro. A mi sufrimiento no le había fin. Pero yo no tenía vacaciones, como las que tienes tú ahora. Yo tuve que seguir trabajando. En aquel entonces yo trabajaba en una fábrica. Trabajaba duro día y noche. Regresaba a casa a las ocho de la tarde. Y además, había comenzado a construir una casa nueva. No paraba en ningún momento. Pero mi amada me había abandonado, se casó con un hombre más adinerado. Y yo me quedé solo y con mucho trabajo encima. Iba a trabajar todos los días y al medio día me quedaba a comer por allí. Y un día la vi. Estaba allí sentada, tan asustada y tan delgada. Todo su aspecto revelaba su historia llena de penurias. Ojos tristes y cuerpo delgado y machacado. Me senté en un banco junto a ella. A pesar de tener sus ojos tan tristes, tenía algo tan noble en su mirada. No pude no fijarme en ella. Expresaba tanta soledad, como yo. Me sentía muy solo en este mundo, muy abandonado, tan vagabundo como ella. Me senté y le hablé. Me daba igual que la gente me viera conversar con ella. Le había contado mi historia, ella escuchaba atenta, pero muda. No decía ni una palabra, pero expresaba con los ojos su comprensión y tan solo con la mirada daba un enorme apoyo, como nunca nadie me pudo dar hasta aquel momento.

Al día siguiente yo volví al mismo lugar y allí estaba ella, como siempre tan sola y con aquella mirada triste y penetrante. Yo deseaba que ella también me contara algo de su vida, pero la veía tan golpeada por la vida, que no creo que hicieran falta las palabras para entender y para sentir lo que ella había vivido. Su delgadez extrema y su mirada...  Sobre todo su mirada expresaba tanto sufrimiento que yo incluso me sentía mal de contarle mis desgracias, que a mi parecer eran insufribles, pero por lo que tuvo que pasar ella me daba miedo hasta conocerlo. Se notaba que ella no tenía a nadie, ni a donde ir. Así que todos los días la volví a encontrar allí, en el mismo lugar, el mismo banco de siempre. Me sentaba y le hablaba. Ella aunque desconfiada, escuchaba todo atentamente. Un día traje dos hamburguesas. En casa no me esperaba nadie. Así que prefería comer allí, en aquel banco con ella. Le di una hamburguesa. Se la comía atiborrándose y escuchaba como siempre lo que yo a ella le contaba. Entones un silencio reinó entre ambos. Intenté acariciarla, pero como siempre huyó de mi mano. Me escuchaba tan silenciosa, pero nunca dejaba tocarla. Era una dama muy sufrida. No sé por lo que tuvo que pasar. Ella era tímida, temerosa y reservada. Nunca me atrevería conocer su historia. Seguí viniendo todos los días con dos hamburguesas, una para mí y otra para ella. La invitaba a comer lo que podía ofrecerle en aquel momento. Yo no tenía más para darle, pero creo que a ella le parecía más que suficiente. Y un día de aquellos, al comerse su hamburguesa, como siempre me escuchaba atenta, estiré mi mano hacia ella y acaricié su pelo negro. No dijo nada. No se apartó. Parecía que ya confiaba en mí. Fue un momento muy emocionante. Y aquel día lo recuerdo como uno de los más importantes de mi vida. Después de la conversación habitual y las exquisitas hamburguesas me dirigí a mi casa. Siempre hacía lo mismo y ella se despedía de mí con su mirada. Pero aquel día se echó a correr detrás de mí. Me pedía que la llevara conmigo. Yo me reía todo el camino. Le decía lo tontita que era, que en cualquier momento antes ya podía habérmelo pedido, no se me hubiera ocurrido rechazarla. Ella, silenciosa, me seguía. Me siguió hasta la casa y vergonzosa entró en ella. No era un palacio en aquel momento. Solo empezaba a construirla, pero ya era suficiente para vivir. Para ella y para mí era más que suficiente. Mi invitada era tímida, pero curiosa. Investigaba cada rincón de la casa. Anochecía. Ella estaba agotada y se quedaba dormida en el sofá. Le acerqué una manta y la tapé. Desde aquel día nos hicimos inseparables. Hacíamos todo juntos, ella me acompañaba allí a donde iba. Siempre estaba conmigo. Y nos lo pasábamos muy bien. Yo, al igual que tú, busqué el amor en mi vida, pero nunca me podría imaginar que aquella vagabunda me robaría el corazón y me liberaría de todo el dolor que me había causado el desamor.

Ella era única. Nadie sabe consolar como ella lo hacía. Un día llegué de trabajar cansado y desanimado porque me habían reducido aún más mi miserable sueldo. No sabía cómo afrontar los pagos. Me sentía triste y frustrado. Ella me recibía con una alegría y un cariño excepcionales. Se dio cuenta enseguida que algo no marchaba bien. Se sentó a mi lado y me dio el apoyo que nadie me pudo dar nunca. Ella no hacía preguntas, ni daba consejos estúpidos. Era un ser silencioso, pero con mucho tacto. Solo se sentaba para dar su cariño y apoyo de la manera que solo ella sabía hacerlo.

Habíamos pasado por momentos buenos y otros malos, pero ella siempre permaneció unida a mí. Ella sabía a la perfección como yo me sentía. Me conocía bien. Tenía mucha habilidad para detectar todo lo que me pasaba. También era traviesa. A veces cuando yo trabajaba en el jardín se ponía pesada intentando distraerme. Yo cogía la manguera y empezaba a mojarla. Ella se divertía, corría de un lado a otro. Yo me reía y corría tras ella. Nos lo pasábamos muy bien juntos. Hasta que un día se fue.”

Mi abuelo suspiró e hizo una pausa. Yo escuchaba y esperé a que él volviera a hablar. Y dijo: “Nunca la olvidé. Aunque ya no está conmigo siempre la llevo en mi corazón. Ese fue el amor que más conmueve mi corazón hasta hoy.” Mi abuelo suspiraba y los ojos brillaban de empaparse con una cortina de lágrimas y continuó: “El amor tiene muchas caras. Todas sus expresiones son maravillosas. Y nunca sabes cuál de las caras te traerá la mayor felicidad. Y nunca sabes con qué cara se te presentará la próxima vez. El amor es como un gato, independiente e impredecible. Viene cuando quiere, se queda el tiempo que quiere y se va también cuando le plazca. No insistas en que venga a ti. Solo hazle un espacio en tu corazón y el amor lo ocupará cuando le parezca.”       

Le pregunté: “¿Cómo se llamaba?” Y me contestó: “Yo la llamaba Eimi.”

Curiosa y extraña respuesta, pero pensé que como era una mendiga, quizás, no tenía nombre y mi abuelo la había llamado Eimi. La verdad, es que cuando terminó de contar la historia tampoco comprendí el significado de sus últimas palabras. “El amor tiene muchas caras… Y nunca sabes con qué cara se presentará la próxima vez.” Y no solo eso me extrañaba. Aquel nombre raro Eimi, me era muy familiar. No sé por qué, sentía que lo conocía, o que lo había oído antes. Era muy familiar, pero no me explicaba porque me sonaba tanto.

Pasaron unos días. La historia de mi abuelo y su lección, que todavía no comprendía, estaban en mi cabeza. Mi tristeza se volvía mucho más llevadera. Yo disfrutaba plenamente del hechizo de la naturaleza. Paseando por el jardín me topé con una lápida. Siempre estuvo allí. La había visto millones de veces de pequeñita, pero ya no me acordaba. En ella estaba una antigua foto de un perro, pastor belga negro. Debajo de aquella foto, con unas letras grabadas en la piedra, ponía: “Eimi, para siempre en mi corazón.” Ahora entendía porque me sonaba tanto aquel nombre, Eimi, la perra de pastor belga que tuvo mi abuelo hace años. Yo no la conocí, pero cuando era pequeña me topé con la lápida muchas veces y le preguntaba a mi abuelo de quien era. Él contestaba que era de alguien a quien él quiere mucho. Y ahora comprendo el significado de sus palabras: “El amor tiene muchas caras. Todas sus expresiones son maravillosas. Y nunca sabes cuál de las caras te traerá la mayor felicidad. Y nunca sabes con qué cara se te presentará la próxima vez. El amor es como un gato, independiente e impredecible. Viene cuando quiere, se queda el tiempo que quiere y se va también cuando le plazca. No insistas en que venga a ti. Solo hazle un espacio en tu corazón y el amor lo ocupará cuando le parezca.”